Jornadas Educativas Experienciales – Colegios Mogas – Argentina 15 al 18 de Febrero de 2026
En el marco de los 800 años del Cántico de las Criaturas y de la Pascua de San Francisco
En El Calafate, la inmensidad del Parque Nacional Los Glaciares nos envolvió en un silencio que era plenitud. El Lago Argentino reflejaba la luz y el sol como un espejo sagrado, y desde el Mirador Cristal la mirada se perdía en horizontes que invitaban a la contemplación. Allí, entre pinturas rupestres que nos recordaban la voz de los primeros habitantes, comprendimos que la historia y la naturaleza son un mismo canto que atraviesa los siglos.
La desconexión de Internet nos devolvió a lo esencial: el viento que nos acompañaba, la noche que nos abrazaba y la luna que iluminaba nuestros pasos. En ese entorno, la supervivencia compartida, la amistad sincera y el trabajo en equipo se hicieron visibles. La “fraternidad del fuego” fue símbolo de unión y esperanza, recordándonos que la verdadera fuerza surge cuando se enciende en comunidad.
Finalmente, frente al glaciar Perito Moreno, sentimos la grandeza de la obra de Dios en su forma más pura. En el marco de los 800 años del Cántico de las Criaturas, nuestra experiencia se transformó en agradecimiento: por el sol y la luz que guían, por el viento que impulsa, por la noche y la luna que acompañan, por el agua que da vida y sustento, y por la fraternidad que sostiene. Más que un viaje, fue una vivencia que nos enseñó a valorar lo esencial y a reconocer en la creación y en los demás un motivo de gratitud y compromiso.
Testimonio de Prof. Marías Rojas, ISSJ
Ser pequeña para abrazar lo infinito
No fui a buscar paisajes.
Fui a dejarme encontrar.
Hubo un instante —frente al agua inmensa, bajo un cielo cargado de nubes— en que comprendí que la vida espiritual no es subir, es descender. Descender a la propia verdad. A la propia fragilidad. A la propia pequeñez.
Allí, sintiéndome pequeña, me supe amada.
Este viaje fue una escuela silenciosa. La hermana Tierra fue maestra. El viento, consejero. El frío, despertador del alma. Me enseñaron lo que a veces olvido en el ruido cotidiano: que ser es más importante que hacer.
Al amanecer, el hermano Sol me hablaba de esperanza.
Al caer la tarde, la hermana Noche me envolvía en confianza.
Y entre uno y otra, cada paso fue una oración humilde.
Primero me contemplé a mí misma. Sin títulos. Sin funciones. Sin exigencias. Solo criatura. Solo hija. Solo barro habitado por el soplo de Dios.
Y desde esa reconciliación interior, pude mirar al prójimo como hermano. Comprendí que no se puede amar verdaderamente al otro sin antes habitarse con misericordia. No se puede cuidar la casa común sin reconocer que todo es don.
Sentí a Dios caminando con nosotros. No en lo extraordinario, sino en lo simple: en el crujir del pasto bajo mis manos, en el murmullo del agua, en el silencio compartido, en la risa que abriga.
Volví distinta.
Más liviana.
Más consciente de que educar también es enseñar a contemplar.
Que formar es ayudar a descubrir que estamos profundamente unidos: con Dios, con los otros, con la creación.
Como nos recordó San Francisco de Asís en su Cántico de las Criaturas, todo es fraternidad: el sol, la luna, el agua, la tierra… y nosotros.
Hoy solo deseo vivir con esa conciencia.
Ser pequeña.
Ser agradecida.
Ser hermana.
Alabado seas, Señor, por este viaje que fue oración caminada
Sandra Libutzki
























